Es una caricia, un abrazo, el primero de todos; un abrazo que roza, que apenas sabe de la piel de la otra persona y que eriza. Es un beso, un primer beso que se prueba mar, recuerdo de una infancia borrosa; beso que sabe a niñez y a inexperiencia. Son dos labios más otros dos labios en una cruz, un crucifijo de labios que asesina una voz innecesaria. También es un cuerpo desnudo sobre una cama que duerme debajo de él. Son dos cuerpos, el tuyo, el nuestro, el suyo, dos cuerpos que hace rato empaparon las sábanas de todas sus ganas y sus anhelos. Son palabras: las palabras también copulan, se entrelazan, forman rizos y serpientes que se entrelazan como palabras, como labios. Son palabras pintadas sobre la piel, escritas cariñosa y cuidadosamente con la cosquilluda punta de un pincel sobre el vientre. Es un vientre, es todos los vientres del mundo y ninguno, once mil vientres lisos, redondos, laminas de acero y vientres de paloma chocando al ritmo del corazón de la tierra. Es el último aliento antes de la última muerte, porque cada pulso es una muerte, porque cada orgasmo es una muerte; un paño alrededor de la garganta y un orgasmo apretando todos los músculos del cuerpo a la par. Son los amantes que se tocan con un vidrio de por medio. Es el rostro de la niña blanca que a los doce se sonroja por debajo de los ojos azules viendo una fotografía. Es descubrir entre las sombras al amado que se toca y no decir una palabra ni después del último gemido: sólo mirar, saborear, sólo escuchar. Es ella que se queda de pie con la respiración agitada junto a la cama; es él quien la toca por la espalda, justo por el centro de la espalda, la desnuda, la prueba, le ordena, la somete, se somete a ella y luego la obliga a no mirar, a disfrutar mientras él se hinca callado para hacerla gritar. Son las dos mujeres del servicio que juegan pastorilmente sobre un tejado en una tarde de invierno; se endurecen, se reblandecen bajo la mano ajena, se juegan, se saben y saborean y luego saltan desde un quinto piso tomadas de la mano. Porque el orgasmo es la muerte. Porque la muerte luego de la tortura es el orgasmo. Por ello también el león y la gacela, devorador y devorada en un intimo juego tibio de sangre que ninguno de los dos quiere abandonar. Es lo que inicia y nunca termina. Es la continuidad de los seres. Un instante vacío de pensamiento luego del cual llega la lucidez, el dolor y la inevitable separación de los cuerpos y las almas. Un único momento donde dos, donde diez son uno y se continúan en el otro sin siquiera mirarse a la cara. Son el primo y la prima que a los ocho se desvisten y se reconocen diferentes sin saber que algún día serán en el otro. Son dos hombres que se besan y se piden perdón luego de la violencia de sus juegos, del ardor de las piernas y el sudor en los ojos. Es el enemigo más grande de la violencia que sólo culmina de la manera correcta con la más grande de todas las violencias reconocidas por el hombre: la muerte. Son azotes, saliva, dolor, cariño, corazones y tristeza. Son palabras dichas más cerca de un cuello que de un oído. Es todo.
Es el erotismo. El Erotismo.
El erotismo es la celebración más grande de la vida por sobre la muerte.
El erotismo es son los pocos segundos que un ser humano se recuerda como antes de nacer, como un ser que son dos, una célula que se parte pero que por un instante queda unida y es dos. Entonces todo termina: uno es dos y uno nunca más es uno en el otro sino ese instante ínfimo donde los amantes se han reconocido hasta saberse imperfectos, perfectos el uno para el otro, y todo culmina en un segundo par volver a empezar desde nada un segundo más tarde. Dos se tocan las manos, dos se rozan los labios, dos se saben perfectamente en silueta en un cuarto oscuro. Dos, o veinte, o treinta y cinco; da igual mientras se alcance este punto.
Las reglas son sencillas y el proceso es sucio, difícil, cansado, determinante e irrepetible. El proceso es, pues, hermoso y requiere de un final. Las reglas son sencillas: donde un ser humano se continúa en otro sin experimentar el vacío posterior al orgasmo, ahí está contenido el erotismo, y la única manera de lograrlo es con la inmediata muerte…
Espero, mis muy queridos lectores, que después de esta introducción estén de humor—donde quiera que estén, haciendo lo que sea que estén haciendo—para un rato de cine erótico sin imágenes. Hablaremos de películas varias de tintes diversos donde las tramas no concuerdan, donde el sabor es diferente luego de cada filme, pero donde también permanece un leitmotiv constante e irreprochable que es el erotismo. Para ello tendremos que entender que el erotismo no es una iluminación fina, no es desnudez sin genitales ni caricias que prometen pero que no dejan ver el resto, panean a una cortina que se mueve con el viento y la pareja despierta a la mañana siguiente tapada hasta el cuello. Con este preconcepto creo que muchos de nosotros hemos vivido en un error bastante garrafal. Vemos una película donde la pareja gime, suda, grita, se cambia de postura, hay vulvas, hay penes, hay lubricación claramente apreciable—casi al límite en el cual podemos olerla—y pensamos que eso ya es pornografía. Confundimos explícito con pornográfico y suave, dulce y esbozado con erótico. Si la película tiene una iluminación burda y seca, los cuerpos no son estéticos a nuestro antojo y la música no es orquestada decimos que es una escena pornográfica. Si la iluminación es tenue, lateral, los planos vienen en detalle y no dejan ver pelos, apenas si esbozan el sudor y los rostros no son torpes o exagerados; si la música es angelical y el placer parece suave y gentil pensamos que eso sí se trata de erotismo. Error, garrafal error (y que me crucifiquen por decirlo).
La dirección, la iluminación, la suavidad y los eufemismos no tienen un grandísmo carajo que ver con lo erótico. Eros, que ya todos sabemos era el nombre del dios del amor, es la raíz de erótico. Eros, pues, se ocupa de todo lo relacionado con la interacción sexual de un número indeterminado de seres que busquen un contacto íntimo en otros seres para así encontrar una continuidad de los corazones (hablando en el sentido romántico-amoroso del término), de las almas (del ánima, lo que anima, lo que da vida y hace sentir que uno está vivo) y de los cuerpos (lo sensorial, que es por donde todo ser humano percibe la realidad). La pornografía es el mismo tipo de contacto de los cuerpos, con la misma suavidad o dureza, no importa, pero sin una búsqueda de prolongación del ser. Lo pornográfico es el acto sin el significado; no hay una intención de encontrarse en el otro cuerpo, en la otra alma o en el otro corazón. Es un cascarón vacío que se topa con otro y que no deja pasar nada fuera de semen o saliva. Porno proviene del griego (como todo) donde porne es prostituta y grafos es representación. Ende, pornográfico es lo que representa una prostituta: carne sin alma, sexo sin sentido, placer vacío [y que me perdonen todas las nobles sexoservidoras porque yo no escribí las etimologías].
En otras palabras una lenta y suave cópula entre una pareja casada que se respeta, pero que ya no se encuentra en el otro cuando hacen el amor, que yo no se alimenta en el otro, que ya no se siente ligada al otro es pornografía. Una escena donde una tipa loca se corta las venas y derrama la sangre en su amante, donde ambos fornican hasta por las orejas, donde hay perro junto a la cama, etc., pero donde ambos transmiten el hecho de que su placer también continúa sus corazones, sus ganas, sus almas en el otro, esto es erotismo. Y no me crean un loco sadomasoquista cuando digo esto: también una escena donde una pareja hace el amor tapada hasta la orejas y en absoluto silencio puede ser erótica, y una escena de coprofilia o de cualquier otro fetichismo puede ser meramente pornográfica. Lo verdaderamente importante es que tanto la una como la otra trasmitan lo que es el erotismo.
No está de sobra decir que me baso en L´erotisme de Bataille y en otras obras de semejante calibre para afirmar todo esto. Bataille nos explica, pues, la enorme relación que hay entre erotismo, placer, dolor y muerte. Sade entonces, junto con todas sus adaptaciones fílmicas, es íntimamente erótico, hecho que ya veremos más adelante en celuloide. Bataille nos habla de que el punto máximo del erotismo viene justo en el culmen del orgasmo; para él este punto es como el vértigo de mirar a un acantilado sin caerse. Pero el ideal absoluto del erotismo es como aventarse a ese acantilado y, obviamente, después no regresar. Es este francés el culpable de que los franceses sean considerados la raza amorosa por excelencia y es él mismo quien acuñaría por primera vez para referirse al orgasmo el término la petite mort, la pequeña muerte. Ende, para que el erotismo esté completo uno tendría que morir al momento del orgasmo sin llegar al vacío posterior del mismo: sentir el vértigo y luego azotar en la caída.
Ai no corrida (1976), película del maestro japonés del erotismo Nagisa Oshima que conocemos mejor por su título en español, El imperio de los sentidos, es un excelente ejemplo de lo que es el verdadero erotismo. La trama va como sigue: una mujer que llega como sirvienta a la casa de un señor feudal en el antiguo Japón (ni tan antiguo, justo al final de la época feudal) y se vuelve su amante. Al poco tiempo ambos relegan todas sus tareas cotidianas para vivir en la cama. Se vuelven amantes de tiempo completo. Pronto él ya no trabaja, ella ya no se viste, los dos dejan de comer, de dormir, pero se dan cuenta de no importa lo que hagan su amantía siempre requiere de pausas y debe, momentáneamente, terminar. Cada vez que tienen un orgasmo deben parar y deben verse forzados a sentir ese vacío posterior al erotismo de los cuerpos. Si bien el erotismo de sus corazones y de sus almas pretende seguir, el Erotismo, con mayúscula, requiere de la constancia de los tres, cuerpo, alma, corazón. Al final los personajes de comienzan a tratar de mitigar su dolor causándose dolor físico (el nacimiento del sadomasoquismo) pero aún así esto no basta. En una última escena, él, a punto de un orgasmo con ella encima, le pide que por favor no deje de apretar la gasa con la que ella lo ahorca, y ella, comprendiendo que su dolor post-orgásimico es peor que la muerte lo mata justo al momento en el que él termina. ¡Qué fuerte!
Esta escena, comprendemos, es el erotismo absoluto. Ella, a pesar de que lo va a extrañar, está tan continuada con el amor de él, con todo él, que prefiere no causarle el dolor del vacío y lo mata en último orgasmo perfecto; colateralmente ella tampoco tendrá que sufrir. La mancuerna de orgasmo-muerte nos llega luego de 107 minutos de película llena de escenas explícitas, de momentos raros, tristes, de risas, juegos y decenas de orgasmos. Son memorables de esta película varias escenas, pero ninguna tan quemada en mi memoria como aquella donde Ishida, el señor feudal, penetra vaginalmente a Abe, su amante, con un huevo de gallina en el patio central y en plena luz del día; ella primero se resiste un poco, luego se muestra complacida, y en una hermosa imagen que liga a toda cópula con un nacimiento ella “pare” en cuclillas el huevo y tirita de placer. [Espero que la descripción no haya dañado susceptibilidades].
Dolor y placer (pain for pleassure, como dice esa canción) son dos elemento que han ido ligados en el cine de una manera casi obscenamente repetitiva, pero debemos aclarar que la amalgama, para ser erótica, sólo es válida cuando hay una consensualidad. Si una persona busca este dolor, o lo da por menos, y prefiere el placer, o el mismo dolor le causa placer suficiente como para hacerla continuarse en la otra persona, entonces es erótico. Toda trasgresión debe ser fingida en el erotismo, debe ser deseada, o de lo contrario deviene en una violación. La violación es del terreno de la violencia destructiva que, en palabras de Alejandro Jodorowsky es el verdadero opuesto de la violencia constructiva, como la que se muestra en el filme de El imperio de los sentidos. Por tanto, toda violencia destructiva es enemiga del erotismo. Una violencia deseada, anhelada, a veces incluso descontroladamente deseada, como en el caso de El imperio de los sentidos, es erótica. Pero como no podemos desear la violencia hasta el grado de la muerte todo el tiempo, muchos seres humanos prefieren una violencia moderada: dolor, abatimiento, brusquedad, bestialismo.
De las adaptaciones Sádicas (literalmente) que han sobrevivido la censura del cine nos llega una de las piezas más fuertes desde Italia bajo la dirección del señor Pier Paolo Pasolini. Nos referimos a Saló o le 120 giornate di Sodoma (1975). Saló o las 120 jornadas (días) de Sodoma es la adaptación más fiel que podemos apreciar de un libro del marqués de Sade. Si bien existen otras, entre ellas unas 15 o 20 adaptaciones del Justine, ninguna captura la esencia del juego entre lo erótico y lo no erótico como esta. El filme es por demás fuerte, explícito, a veces hasta nauseabundo, y adapta la trama siglo XVIII a la época de la caída del fascismo italiano de post-guerra. Cuatro líderes fascistas compran una mansión para cuatro damas lascivas y encierran en ella a centenares de niños y niñas para adiestrarlos en las más horrendas perversiones. Entremedio del caos varias parejas de niños y adolescentes comienzan a comprender por su cuenta lo que es el erotismo y el amor y logran, momentáneamente, apartarse del espanto y la muerte; algunos se enamoran, se conocen, y luego, como en toda fábula sádica, pagan por haber conocido el erotismo con sus muertes.
Si bien esta película de Pasolini no es para corazones débiles ni para humores sensibles, su complejidad y la separación entre violencia y amor que en ella se suscita son causas dignas de un análisis bien trazado. Con justa razón que se me reclame aquí si considero que asesinar niños que descubren el amor en medio del fascismo es erótico: esto no es erotismo. El erotismo se da vago y diluido a través de varias historias terribles donde prevalecen el corazón y el alma por encima del sadismo y la violencia. Uno de estos casos es el de una pareja de adolescentes que, a pesar de tenerlo prohibido sopena de muerte, hace el amor a escondidas de los líderes fascistas, quienes habían impuesto una regla contra lo ya dicho. Los fascistas, tratando de impedir el erotismo, amenazan a los jóvenes, este par de jóvenes rompe las reglas por una noche de erotismo verdadero y luego la pareja es asesinada en su recámara sin más aviso que una seña de fortaleza por parte de uno de los amantes. En otra escena bastante espantosa una niña que es humillada se niega a ser violentada en su sexualidad. Es amenazada de muerte, pero ella dice que prefiere eso a que se le imponga lo pornográfico por encima de lo erótico y se suicida para no ser mancillada. En esos oscuros ejemplos italianos y sádicos es donde encontramos el erotismo de Sade con más fuerza.
Ahora pasemos a un erotismo más dulce, más suave y mejor aceptado por todos, y yo me incluyo un poco más en esta categoría.
Hace unos años la pantalla del Cine Foro presentó una película harto criticada, severamente controversial y muy poco aceptada en los antojos de Cinépolis, que no sé por cuánto tiempo la permitió en cartelera si es que alguno. El título original era adecuado, 9 Songs, el título en español era tan o más adecuado, 9 Orgasmos, su director se revelaba como el, a la fecha, casi desconocido Michael Winterbottom y el día preciso del estreno fue 20 de enero de 2005. En una experiencia personal debo decir que nunca había visto tantas piernas cruzadas en hombres en una sala de cine como aquel día que fui a ver 9 Songs. Al día siguiente escuché que un compañero de la carrera la clasificaba de densa y pornográfica mientras que la maestra decía que era una obra de arte. Yo me atrevo a decir que ni lo uno ni lo otro, pero más lo segundo que lo primero.
9 Songs es una película filmada casi en dogma. No tiene música de fondo, no tiene prácticamente nada de iluminación artificial, no tiene efectos, casi no tiene locaciones y, de hecho, prácticamente no tiene trama. La historia es la relación de dos amantes, un inglés y una gringa que hacen el amor en una escena, o tienen un contacto de tipo sexual, y luego van a un concierto. La estructura se repite nueve veces en cortes secos y ocasionalmente hay una voz en off. Así tenemos, a lo largo de toda la película, 9 orgasmos hasta su término y 9 canciones de britt pop… bueno, de hecho son ocho canciones de britt y un concierto de piano.
Originalmente la película duraba 69 minutos y esto era un efecto intencional del director. Los gringos, para su distribución, le cortaron dos minutos y el efecto se arruinó. El corte final en DVD fue de 71 minutos, así que nunca se logró hacer un running time de sexo oral por partida doble. Los actores principales fueron casteados, en el caso de ella, por su poca trayectoria y en el caso de él, no lo dudo, por el impresionante tamaño de su miembro, pero más por la química que lograron en los ensayos. El director quería que ambos actores formaran un ambiente casero, íntimo de verdad, y en casi todas las escenas sólo estaban ellos tres, Winterbottom, Kieran O´Brien y Margo Stelley dentro del set, que era un departamento de verdad. La parte erótica del filme viene de la mano de esta carencia de recursos y personal. ¿Qué es erótico en una película si no dos personas que en verdad se hacen el amor como quieren, como lo sienten, entregándose como si no hubiera un hombre con una cámara a su lado? Michael nunca les dijo cómo tocarse, cómo hacerse, cómo o cuando terminar: eran ellos siendo ellos mismos, no eran actores haciendo de una pareja, y eran ellos haciéndose el amor. 9 Songs es, en resumen, la película perfecta para verla acompañado del amante o del amado.
El fenómeno del erotismo en 9 Orgasmos se presenta desde un principio, cuando los amantes verdaderamente se entregan, se adoran, se continúan en el otro, pero conforme pasa un año de relación las cosas se enfrían, ambos se distancian y el erotismo, a falta de una muerte, culmina con la separación de las contrapartes. El mensaje es más fuerte cuando se ve así: ¿es que acaso todo erotismo de verdad tiene que devenir es una muerte o está destinado a perecer, a volverse monótono y a decaer? La respuesta de Michael Wintterbottom afirma. Les dejo a ustedes, mis queridos lectores eróticos, la disertación de otra respuesta más esperanzadora.
Winterbottom ya había presentado el tema de lo erótico, pero mezclado con lo edípico, en otra de sus películas (una de mis favoritas de todos los tiempos), Código 46 (2004). No ahondaremos en ella pero si alguna vez buscan una de las más perfecta películas de ciencia ficción jamás producidas—creo, no sé, que ya se las había recomendado—que además presenta un ligero toque de erotismo, edipismo, infidelidad y amor, Código 46 es su caballo ganador.
De esta cepa de películas al estilo 9 Songs tenemos otro par de ejemplos que vale la pena comentar.
Si alguna vez alguno de ustedes lectores soñó con ser un estudiante de intercambio de 19 años que va a Francia en plena decadencia de La boheme, esperando encontrar buen cine y un par de hermanos locos con los cuales hacer el amor, The dreamers (2003), de Bernardo Bertolucci, es su película ideal.
Los soñadores presenta a la hermosísima Eva Green, Isabelle, como hermana del estuproso y manipulador Theo, representado por Louis Garrel, en una historia apasionada en la cual ambos adoptan como hermano postizo por una temporada a Matthew, quien es interpretado por el tarado de Michael Pitt. El par de hermanos reside sólo en una enorme mansión parisina mientras sus padres viajan por el resto del mundo. Matthew, que se enamora de Isabelle, y que tiene una obsesión por mear en los lavabos de la casa, se ve forzado a competir con el hermano por el amor de la joven. Entremedio pasan las tardes y las noches, como buenos fanáticos del cine clásico, reproduciendo escenas de películas viejas en las cuales todos deben participar o de lo contrario tienen que adivinarlas. Los castigos para los que no adivinan la película devienen en juegos sexuales de dudosas intenciones por parte de los tres hermanos.
En Los soñadores el erotismo va cambiando de fuente y de receptor. A veces Isabelle desea a Matthew pero este no a ella. A veces al revés. En ocasiones todos desean a todos y es cuando encontramos la continuidad de lo erótico mezclada en juegos de jóvenes inocentes. Dos escenas… no, tres son las que destacan en esta película. La primera, quizá la más fuerte de todo el filme, es la famosa escena de la cocina. Eva se desnuda para el gringo en la cocina mientras el hermano la mira. El gringo y ella hacen el amor en el piso; de repente él se descubre todo manchado de sangre; no, ella no esta menstruando, sólo era virgen y por lo fuerte de la entrega y lo necesario del erotismo de los cuerpos omitió este pequeño detalle. Él le recrimina por no haberle avisado para haber sido más gentil, pero ella, entre lágrimas de dolor en plena penetración le dice que eso no tiene importancia, sólo tiene importancia el hecho de que se hubieran entregado sin pensarlo más. Otra escena que casi culmina en un erotismo perfecto viene cuando los tres finalmente se aceptan, se reconocen como hermanos, como amantes, como seres humanos, y después de un jugueteo más bien amistoso se quedan dormidos, desnudos en una pequeña casita de campaña para niños armada al centro de la sala de la mansión. Ella se levanta y se asusta, teme el momento posterior al placer y sobreviene la claridad post-erótica. Entonces va y rompe el tubo del gas, mismo que mete dentro de la casa de campaña para provocar la muerte del trío en un abrazo eterno. Ella se queda dormida justo cuando el gringo despierta y cierra el gas.
Nuevamente, como ya vimos sucede en 9 Songs, la no-muerte se transforma en decadencia de los amantes. Por no morir el trío se separa a causa de sus diferencias y sus ideales al día siguiente del incidente. Los dos hermanos se van, el gringo queda sólo y todo termina en una carrera hacia la desesperación.
La tercera escena memorable de esta película, que recuerdo no por su importancia erótica sino porque me encanta, es cuando ella se presenta con el gringo imitando a la Venus de Millo. Se para frente a una puerta oscura portando guantes negros hasta arriba del codo, lo que provoca el efecto sin brazos, y usando una sábana enredada en la cintura. Se acerca hasta la cama y él, boca arriba y acostado, ella de pie, adora el gran templo de su Venus con la boca y sin palabras. Fin de la escena maravillosa.
Me gustaría terminar esta vez con una película erótica que escapa de la muerte y que hace que el erotismo sobreviva con un truco tanto fílmico como literario: una back door cinematográfica, podemos decir. Estamos hablando de una de las varias eróticas del señorazo Julio Medem, la hermosa y terrible a la vez Lucía y el sexo (2001), donde Paz Vega se convierte en el sueño húmedo de muchos y Don Tristán Ulloa lo mismo de otras tantas señoritas.
Aquí la trama es compleja, pero afortunadamente es una película que mucha más gente ha visto y sólo trazaremos parámetros por fines didácticos. Lucía conoce a Lorenzo en una noche de pasión que no culmina con sexo. A la mañana siguiente hacen el amor luego de un plano de detalle de un bonito morning woody. La relación comienza y decae, pero como los tiempos no son lineales el erotismo permanece dentro de la trama por encima de la temporalidad y a través del recuerdo y la esperanza. Podemos decir que la linealidad del tiempo y la carencia de la muerte son los dos elementos que hacen que el erotismo perezca en el cine. En Lucía y el sexo el erotismo termina, pero, como dicen por ahí, quedan cenizas. A lo largo de la película se juega con el concepto de una novela que se va a pique, pero que luego, como buena ficción, es alterada por el autor (en este caso el mismo Lorenzo) para que del final triste pasemos de nuevo por una puertita mágica de vuelta al punto donde los personajes eran felices y el erotismo no estaba podrido. Medem hace exactamente esto que su protagonista plantea en su novela con todos los personajes de la película evitando así la necesaria muerte y el aparentemente inevitable erotismo decadente.
Al final los personajes, que ya habían dado todo por perdido, se recuperan, reviven la parte hermosa de sus recuerdos y se vuelven lo suficientemente valientes como para atravesar (metafóricamente) la misteriosa puerta que los lleva de vuelta a la felicidad. Conozco a decenas de personas que rezan todos los días para que en su vida y en sus relaciones interpersonales aparezca una de estas compuertas mágicas. Lamentablemente esto sólo funciona en la ficción y aún así muchos personajes, como muchas personas, no tienen el valor de regresar de ese erotismo decadente, o de esa vida decadente, de vuelta hacia lo hermoso olvidando por completo todo lo feo y lo desagradable. Ya bien nos hace metáfora Medem en otra de sus películas (una que tocaremos en la sesión entrante) de esta cuestión del vértigo y el salto que escribiera Bataille. Aquellos que saben de qué hablo recordarán la relación erótica del salto por la ventana con las palabras siguientes: salta por la ventana, valiente… va-lien-te, va-lien-te, va-lien-te… Y para los que no lo sepan tiene que ver Los amantes del círculo polar antes de que un servidor escriba el siguiente artículo de la revista.
En Lucía… la mayoría de escenas eróticas guardan relación con la iluminación cuidada y la música de fondo, pero también encontramos contrapuntos decadentes donde la iluminación es pobre, el ambiente se vicia de repente y los personajes olvidan el sentido de enlace y se abalanzan a la lascivia pornográfica, hecho que Medem castiga de forma moralista con la muerte de los inocentes. NOTA: si eres una niñera lasciva que desea a un hombre prohibido en una película de Medem nunca dejes a la niña que estás cuidando sola con su perro gigante, o verás las consecuencias).
Las escenas que Medem aprueba eróticas, verdaderamente eróticas, son explícitas dentro del límite de lo hermoso. Podemos ver genitales y pechos, pero siempre rodeados de una aura mágica y mística. Esa escena donde un Lorenzo vendado de ojos es rozado en los labios por el sexo de Paz Vega mientras ambos sonríen y ella pone una mueca de diablilla es corta pero linda: erótica. Cuando Lucía y Lorenzo hacen el amor en el mar la luna tiembla sobre el agua como aquella luna perfecta del capitulo siete de Rayuela, de J. Cortázar. Medem hace entonces un erotismo surrealista, irreal, donde el agua de mar no lastima a los personajes desnudos, donde la noche no es de miedo para los erotizados, pero se vuelve terrorífica cuando ya no hay erotismo.
Digamos que Lucía y el sexo es el barómetro de lo que es y no es puramente erótico, pero al mismo tiempo nos da la fórmula para volver al erotismo puro cuando ya lo hemos corrompido y esto sin necesidad de apelar a la muerte…
Terminamos por hoy.
Sigan viendo Cine sin imágenes.
ojosinojo